Bután

Bután. El reino de la felicidad, el remoto lugar que permanece aislado entre las faldas del Himalaya. Es muy difícil explicar cómo es Bután, pero lo voy a intentar.

La ciudad de Timbú es la única capital del mundo que no tiene semáforos. Y eso es un buen indicador de lo que transcurre en sus calles. Paz. Tranquilidad. Los butaneses conducen despacio y calmados, no hay bocinazos, no hay estrés, nadie va con prisas, pero nadie está parado. Todos los habitantes se entienden sin gritos. Se respira una calma a la que estoy poco acostumbrada en  mis viajes asiáticos. Parece que me he colado en una obra de teatro. Esa sensación aumenta al ver que todos los habitantes van ataviados con el traje nacional. En el caso de los varones, se trata de un vestido-bata  hasta las rodillas que se anuda con un cinturón y se complementa con calcetines largos y, en el caso de las mujeres,  una falda hasta los tobillos y una “kira” o chaqueta de manga larga. Todos visten así, por obligación, por devoción.

La religión marca uno de los ejes fundamentales en la vida diaria de Bután. Los butaneses practican una mezcla de budismo tibetano con fuertes influencias animistas e hindúes. Al entrar a un dzong, templo, monasterio o lugar oficial, las mujeres deben ponerse una pequeña banda roja sobre el hombro, y los hombres una más larga que puede tener diferentes colores dependiendo del rango de la persona: Blanco para la población civil, verde para los abogados, azul para miembros del parlamento, etc. El rey ostenta el máximo rango, de color amarillo.    

Hay una adoración absoluta por el rey. Y desde fuera parece una adoración sincera. La gente sonríe al escuchar su nombre o ver una imagen suya, se muestran orgullosos de su país, de su rey y de su gobierno. En una encuesta reciente el 97% de la población declaró sentirse feliz o muy feliz. El esfuerzo del rey por conseguir el desarrollo de la Felicidad Interior Bruta es admirado por todos los butaneses. Un rey que escucha a su pueblo es lo mejor que nos podía haber pasado, me insisten los habitantes con los que hablé.

El paisaje es verde, montañoso, con pequeñas carreteras tortuosas interrumpidas por campos de arroz, trigo y maíz, mientras los cuervos invaden el cielo. Nos cruzamos con yaks habitualmente, un animal que utilizan como herramienta de trabajo, para cargar y descargar, y de los que extraen lana y leche. Como curiosidad,  en Bután está prohibido matar a cualquier ser vivo, incluyendo insectos, arañas o animales para consumo propio. La única carne que se vende en Bután es importada de la India.

Más curiosidades. La marihuana crece de forma silvestre en las aceras de Bután. Las paredes de las casas están decoradas en el exterior con penes gigantes, animales y símbolos de buena suerte. Así se protegen de los malos espíritus y rezan a su dios de la fertilidad. El animal nacional de Bután es el takín, que  crece exclusivamente en las laderas del Himalaya. El deporte nacional es el tiro con arco. Y la visita imprescindible es la del Monasterio del Tigre, anclado en una roca perpendicular. Se considera el lugar más sagrado de Bután, a unos 3.500 metros de altura. Me costó un par de horas subir a pie. Llegué sin aliento, no sé si por el esfuerzo o por la belleza.

A grandes rasgos, esto es lo que viví en Bután. Espero que te gusten las imágenes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s